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sábado, 26 de marzo de 2011

La imagen del hombre (no) fuerte

Flaco, muy flaco.

Olvide decir… el hombre.

El guerrero.

Atraviesa bosques, no se delata.

Atraviesa edificios, no se delata.

Atraviesa ventanas, no se delata.

Atraviesa multitudes, no se engatusa.

¿Qué es insignificante?

¿Qué, portentoso?

El signo desaparecido.

Al Pacino como Diablo grita: “Desapercibido”.

Yo, infantilidad.

Yo, impulso.

Yo, inexactitud.

Poder, ¿Estas ahí?

Sombras de la noche. Residuos de personas.

El signo ha aparecido…

construido.

Mis ojos, pantalla de televisor, engañados por la simpleza.

¿Y yo soy inteligente?

Una piel aurea revela su intensidad escarlata.

Maldición.

Nietzsche queda corto.

Fantasía, sin embargo.

Espejismo, sin embargo.

Y, sin embargo,

el hombre de perfil permanente, crea.

Minucioso, crea.

Sorprendente, crea.

Calculador, crea.

Lucido, crea.

Emocionado, crea.

Escéptico, presencio.

Sorprendido, presencio.

Conflictuado, presencio.

Rabioso, presencio.

Mi contención estalla.

Esquirlas de sangre y hueso.

Relámpagos, truenos.

Huracanes.

Ciclones y tempestades.

Toda la madreselva arrancada de su piel.

Despellejada. ¿Imaginan?

El árbol más robusto muere en cuatro.

Mi hermano quijotesco, enjuto. Observa.

El viento primaveral apenas ha estremecido las hojas secas.

Y los pequeños insectos.

Me enseña las manos, líneas inalcanzables.

Escultura entre sus artefactos.

Ésta, mi emoción.

Carbón para su fuego.

Que es mi fuego.

Que es nuestro fuego.

La noche nos congela.

Su cigarrillo en alto.

El animal al que la noche no podrá vencer.

domingo, 20 de marzo de 2011

Encerrado en mi mismo


Encerrado en mi mismo escucho como la música de las gentes crece.

Su percusión latente golpea mis cuatro paredes.

Instantes de detenimiento.

Contra el movimiento se me antoja la pausa.

Los gruñidos se escuchan superpuestos,

mientras la muchacha grita desenfrenada.

De lejos creo oírlo llamándome,

esa falda desde la que grita

siempre necesita ayuda.

Los sonidos no desaparecen,

aumentan.

A fuerza de oírlos me he acostumbrados a su bullicio.

Pero,

hay ruidos que asustan.

Los demonios más perversos viven en el interior.

El sonido y la meditación.

La imagen es la de una quietud silente.

Silente, pero ¿posible?

Dentro de mi sagrada caverna nace un aullido insistente, aterrador.

Un zumbido potente, agudo, penetrante.

En mi soledad oscura,

poseído,

un taladro perfora mi calavera.

No sé decir si este es un encerramiento primero

o quizás es un encerramiento último.

Ineludible eso es.

Empecinado eso es.

Elegida la senda

sólo queda seguirla, caperuza.